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La Ginebra de los cuentos peregrinos

Homenaje a Gabo

Por Juan Fernando Palacio (*), 13 de enero de 2015


En Ginebra, las sirenas de las ambulancias aúllan sin parar. A casi cualquier hora del día o de la noche, en casi cualquier barrio, de pronto las ráfagas de ruido de las ambulancias tensan el tráfico y perturban la calma del lugar. Es un hecho raro, y más para quien se había acostumbrado al religioso silencio de la vida urbana de la Suiza alemánica. Como si Ginebra fuera la ciudad suiza que más activara su cuerpo de ambulancias, en total desproporción con su tamaño, con su vida liviana, con sus periódicos sin dramas, y con la célebre tranquilidad –que unos adoran, que otros detestan– del país helvético. El de otro modo reposado epicentro diplomático de Europa coexiste con una ventolera de ambulancias digna de la Medellín del terrorismo de los noventa: la combinación no encaja. Y no obstante las potenciales tragedias involucradas, y las múltiples especulaciones que uno se hace sobre las causas y los destinos de esas sirenas, el paso de cada ráfaga trae a colación un hecho dulce. En la ficción del colombiano Gabriel García Márquez en la que Ginebra sirve como escenario, uno de sus personajes principales es, justamente, un conductor de ambulancia. Con tanto escándalo de las ambulancias que chillan a diario, el recuerdo del cuento de Gabo se vuelve cosa permanente, se vuelve parte de la rutina de habitar esta ciudad.


En efecto, para todo latinoamericano que conozca la obra de García Márquez y que viva o viaje en Europa, los Doce cuentos peregrinos son una referencia ineludible. Allí se dibuja una Europa íntima; menos la del turista despistado y más la del viajero buen observador, la del residente, la del inmigrante de vieja data, la del connaisseur. En 1992, ya consagrado diez años después de su Nobel y de su fama planetaria, Gabo publica esta pequeña colección, de la cual no debe olvidársenos que él la describió como "el libro de cuentos más próximo al que siempre quise escribir".


Como es de esperarse, para nosotros sus lectores las memorias de cada uno de los cuentos y la experiencia real de los sitios vividos se alimentan recíprocamente una y otra vez. El señorial barrio de Gracia, en Barcelona, recuerda la vida en retiro de María dos Prazeres. Cuando se camina en Madrid por el Paseo de la Castellana no olvida uno que allí en cierta noche se vio caer una cascada de luz desde los balcones de un quinto piso. En las callecitas del Trastévere romano se adivinan los pasos devotos de Margarito Duarte. Las autopistas de la frontera de los Pirineos animan el recuerdo de dos jóvenes cartageneros que hacían en coche el trayecto de Madrid hasta París. Y así. De igual modo sucede con Ginebra, ciudad a la que quiso dedicarle el primero de los cuentos del libro. El primero acaso porque es el que mejor instala la atmósfera que el autor quiere consolidar a lo largo de los relatos, o acaso porque fuera en Ginebra, en un hotel cerca de la estación de trenes de Cornavin, el sitio en que Gabo pasara su primera noche europea. Así, pues, aunque el cuento Buen viaje, señor presidente es portador de un potente mensaje político y, por qué no, sociológico –los cuales sean quizá el tema principal de este– al mismo tiempo la obra pinta un fresco bastante agudo de la ciudad. Más que eso: el cuento contiene ciertas claves maestras que se requieren para descifrarla.

 
Comencemos.


Lo que es la "Suiza Suiza" aparece sólo lo suficiente como para que el lector no pierda de vista el país al que el autor lo quiere transportar: las banderas de la Confederación izadas contra el viento fuerte en el Pont du Mont-Blanc; los billetes de francos suizos tan nuevos que parece que su tinta fuera a manchar; la Suiza de los relojes de alta gama; la Suiza neutral que sirve de refugio a incontables exiliados políticos; la del sigilo, que se precia de ser el país más discreto... y nada más. Lo que más sobresale en el cuento, en cambio, es el paisaje urbano –en transformación hacia el invierno– de la Ginebra cotidiana: los lentos atardeceres de verano sobre la Place de Bourg-de-Four; los cisnes –que por polvorientos no son menos majestuosos– nadando en el lago y que se divisan desde el malecón del Jardin Anglais; el emblemático Jet d'Eau, desconectado súbitamente en los días de vientos recios; la estatua de Calvino donde, así nadie lo creyera, todavía hay pasantes que se quedan absortos mirándola por horas, como en el texto; o la Gare Cornavin azotada en diciembre por una tormenta de nieve. El retrato es fiel. Allí está la Ginebra de las joyerías y de los almacenes lujosos de la Rue du Rhône, y la de los restaurantes memorables, donde tanto patrones como meseros se habituaron a tener embajadores y ministros y presidentes entre su clientela. Pero también está la Ginebra de las fondas de pobres, la de los mercados de las pulgas, la de los inmigrantes de salarios ridículos, y la de los edificios residenciales precarios en donde se apila la población obrera de la ciudad.


garcia marquez150x170Claro, algunas cosas siguen como ayer; pero otras no. El otrora barrio marginado y de susodicha reputación de Grottes es hoy uno de los más alternativos y amenos. Y las estaciones de radio que se sintonizan a todo volumen en los automóviles que bajan por el Ródano difícilmente se detienen, como sucediera en el cuento, en el repertorio de Georges Brassens: el romanticismo que tanto añoramos los latinoamericanos en la francofonía parece hoy descartado por los suyos, casi con vergüenza, como infantil cursilería del pasado.


Los perfiles de las gentes que vemos en el cuento jamás resumirían una región tan vasta y tan populosa como América Latina, ni a todas las Américas Latinas que habitan en Suiza; y, sin embargo, los reconocemos como nuestros. Está el latino charmeur que se estrella contra la pared indiferente y burlona de Europa Central. También el que en vez de seguir el pronóstico del clima como los locales se guía en el aspecto del cielo para vestirse, y que por ende sale a la calle apenas listo para morirse de frío. Está la superstición de las cartas zodiacales o la de la lectura de la fortuna en el asiento del café. Está el hombre maduro que se beneficia de la perspectiva que da la distancia para arrepentirse de las vanidades de su juventud. Y está, vital, como secreto hilo conductor del cuento, la timidez, la simpatía y el avasallador sentido de la hospitalidad, o de la entrega, de lo que a Gabo le gustaba llamar "el caribe crudo". Retratos varios; algunas de las teselas del mosaico de la región.


Al mismo tiempo, y aunque sutiles, el cuento de García Márquez revela bien los dos elementos que para mí definen el carácter de Ginebra: su vida anónima, y su vertiginosa diversidad humana. De lo segundo son ejemplo en el relato el edificio de inmigrantes africanos donde viven Homero y Lázara, los inmigrantes asiáticos del barrio de Grottes, los emires que van de compras a la Rue du Rhône, los hispanohablantes que se esfuerzan por pronunciar un francés perfecto y, por supuesto, la mismísima Lázara, princesa yoruba, puertorriqueña, antigua ayudante de hospital reconvertida en cocinera. Y de lo primero –del anonimato– da justa cuenta una de las descripciones iniciales que el autor hace del presidente derrocado, y que tal vez constituya la frase más inolvidable de todo el relato: "Era un desconocido más en la ciudad de los desconocidos ilustres".


Esa es Ginebra. Esas dos cosas juntas encierran, resumen, la esencia de Ginebra.


Pocos lugares hay en el mundo en los que una larga estela de hazañas públicas comulgue tan bien con una vida de pocas ínfulas y tan perfectamente anónima. Cohabitan, en cuantiosas proporciones, el magnate, el político y el insurgente; el curtido funcionario de las ya mil faenas de la gobernanza internacional, y el inmigrante recién llegado al que le brillan los ojos y que sobrevivió a dos guerras en su hogar; el versado en diez lenguas, el experto en la materia y el autor consumado. Pocos o nadie sabe quién es quién. Y quien lo sabe, ni lo dice, ni pide autógrafos. Cada quien deja que cada cual siga con su vida en paz, sin fanatismos ni reverencias.


Así mismo, aunque el filtro austero de la ciudad engaña un poco al observador, en Ginebra se puede apreciar siempre la diversidad del planeta en carne viva. Esta sigue siendo la ciudad en la que se pueden escuchar más de quince idiomas distintos en apenas cien metros de recorrido por un andén peatonal cualquiera. Y diversidad implica contacto y fermentación. Como la comunidad que puede considerarse verdaderamente aborigen es tan pequeña, esta nunca consigue ser enfática dentro del paisaje humano. Así pues, el contacto que esta ciudad más comúnmente propicia es el del que viene de afuera con el que viene de afuera. De distintos orígenes, naturalmente, pero también de la misma procedencia salvo que las diferencias sociales hacían impracticable en casa un contacto semejante. Aquí la mexicana de nácar se enamora de un elegante africano de Benin. La keniata se enamora, a su vez, del más simpático de los filipinos. Y, como en el cuento de Gabo, un alto magistrado del tercer mundo y un paisano suyo cualquiera, entre risas y nostalgias compartidas, comen juntos costillas de buey al carbón en un restaurante local. Dirán que hay contactos e hibridizaciones idénticas en otros lugares desde Sao Paulo hasta Hamburgo y es cierto. Pero nunca en una intensidad tan dramática para un formato tan pequeño como nos sucede en esta ciudad singular.


Caminemos Ginebra en un día cualquiera por una calle cualquiera. Escuchemos el golpe de nuestros pasos al andar, los hierros del tranvía, los motores de los carros... y comencemos a mirar. De botas negras y jeans ajustados, allá va montado sobre una patineta el hijo del embajador europeo. Allá va de compras con sus hijas la esposa del tenista más grande de la historia. Allí se sube a su auto el ex-secretario general de la ONU. Allá viene veloz en su bicicleta la profesora brillante que ha dado a luz a una docena de libros. De un almacén salen el delegado de oriente medio y su esposa. Ella ya no camina detrás de él; se cogen de la mano con delicadeza, como cuidándose el uno al otro. Más allá, la gran periodista del mundo de habla hispana come pastas con sus amigos en una terraza. Al lado, el incógnito ex-comandante de una insurgencia sin saberlo se cruza con la incógnita hija de un dictador. De saco, caminan juntos dos embajadores, uno con la mirada extraviada, mientras el otro le cuenta incisivo sus impresiones de una reunión. Más allá se toma una cerveza, solitario, el mediador de paz que la semana pasada regresó de África luego de una intervención que salvará a centenares. En el restaurante de al lado celebra el equipo de autores que acaban de terminar un reporte anual sobre comercio mundial. O será sobre migraciones. O será sobre propiedad intelectual (todos los temas caben: se trata de Ginebra). Por este lado se despiden un sudaca que recién descubrió que se puede ser amigo de un gringo y un gringo que recién descubrió que se puede ser amigo de un sudaca. Por este otro lado dos sefardíes que vienen de rincones distintos del mundo se juntan para ver en un museo una exposición temporal. Más allá se pasea una abogada austríaca que se enamoró de Cien años de soledad. Y más allá dobla la esquina el fantasma de Borges, su vista ya recuperada. Pasa elegante, distraído, sereno.


Tantos residentes la hemos maldecido; por pequeña, por parroquial, por solitaria, por sosa, por fría, por cara, por ruda. Pero ella sigue ahí, oronda e imperturbable, sin mucho ruido –salvo tal vez el de las ambulancias– cumpliendo su rol de discreta ciudad-puente-del-mundo. Y gracias a ello nunca deja de sorprendernos.


Gabo describió bien a Ginebra y la Ginebra de la que él fue testigo sigue siendo en gran medida la Ginebra de hoy. Todo lugar se vive mejor cuando una referencia literaria lo antecede o lo acompaña. Pues bien, no hay duda de que Ginebra se camina mejor, se entiende mejor, se disfruta mejor, cuando invocamos al Nobel y seguimos las pistas que nos dejó en su croquis.


 

palacio juan204x222(*) Juan Fernando Palacio Roldán es economista colombiano y especialista en estudios políticos de la Universidad EAFIT. El está realizando su doctorado en economía en la Universidad de San Gallen (Suiza), con una tesis sobre la participación de los países latinoamericanos en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Palacio dio una conferencia el 20.06.14., a invitación del Consulado General del Perú en Ginebra [ver reseña], es autor del libro «El sentido de la Alianza del Pacífico. Claves de su trascendencia y sus desafíos» (Universidad EAFIT 2014). Participó asimismo en el «Pódium sobre la Alianza del Pacífico» organizado por PuntoLatino y UniBeLat en la Universidad de Berna en octubre 2014. PuntoLatino entrevistó a Juan Fernando Palacio sobre aspectos de la Alianza del Pacífico. Ver la entrevista ... 


 

 

 

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