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Héctor Abad al comenzar la entrevista | Foto ©PuntoLatino


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«Salirse de sí mismos»: La lectura y la escritura como liberación

— Entrevista al autor colombiano Héctor Abad Faciolince, Zúrich 9 de junio de 2016, por Juan Fernando Palacio, redactor de ©PuntoLatino

Héctor Abad, en la actualidad uno de los representantes más notables de la literatura colombiana, estuvo de visita en Suiza para presentar su última novela, La Oculta, la cual se ha convertido en un éxito literario y ya ha sido traducida al francés, al portugués, al alemán, al holandés, y para el final del año se presentará en su edición en inglés.

Además de escritor, Abad es un columnista inagotable, observador agudo de las realidades políticas y sociales de Colombia y el mundo. La suya es una voz que un segmento creciente de la opinión pública colombiana siempre escucha y espera.

El escritor dio una charla en la Literaturhaus de Zúrich el martes, 7 de junio, en la que se leyeron pasajes de su obra en español y en alemán. El evento tuvo lleno total y el público quedó cautivado con el trato sencillo, la honestidad intelectual y el sentido del humor del colombiano.

Al calor de su visita, Abad conversó largamente y en exclusiva con PuntoLatino sobre su novela, sobre su carrera literaria y sobre la actualidad política latinoamericana.

Generoso en sus respuestas. Se podría decir casi tímido pero, al mismo tiempo, íntimo. Habla pausado, y va elaborando sus ideas con cuidado y reflexión.

Deleita además por el ejercicio de lo que se pudiera llamar una modestia sistemática. Aunque consciente de sus logros como autor, se cuida de mantener sus pies sobre la tierra y esquiva elogios a cada oportunidad, como deseando un aprecio sin idolatrías o hasta el tranquilo anonimato de un transeúnte más.

«Compartir con otros el placer que yo siento cuando leo», cuenta Héctor Abad, es lo que lo mueve a escribir.

 

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— PuntoLatino: Háblenos por favor sobre su última novela. ¿Qué es La Oculta y por qué la escribe?
— Héctor Abad: La Oculta es una novela cuya protagonista es una finca en las montañas del trópico americano. En el norte de Suramérica, la zona tórrida, sumada a las altas montañas, producen un microclima muy especial. Sobre todo en Antioquia, hubo fenómenos de colonización particulares, creo yo que únicos de allá. Y hay también en esa región de Colombia un apego especial por las fincas, por la tierra. Un contacto muy grande con la naturaleza. Y yo siento eso mismo que sienten muchos antioqueños. Desde hace muchos años yo quería escribir una novela que tuviera que ver con ese apego a la tierra. Como el tema podía sonar anticuado tuve muchas dudas. Pero finalmente me convencí de que valía la pena hacerlo. Y, curiosamente, tal vez la mejor reseña que ha salido hasta ahora de La Oculta la hicieron aquí, en Suiza, en el NZZ, como si otro país de montañas entendiera mejor esa relación con la tierra que tenemos nosotros. La Oculta es una novela que mezcla una historia muy familiar y muy íntima con una historia más amplia, la de la colonización de las tierras del occidente de Antioquia.

 

— Justamente, su novela es en cierta medida sobre Antioquia y sobre los antioqueños, una población con un arraigo regional muy fuerte. Desde su perspectiva, ¿cómo comulga la “antioqueñidad” con una “colombianidad” más amplia?

— Yo no soy particularmente nacionalista ni regionalista. Es más, creo que el hombre contemporáneo debería aspirar a ser más cosmopolita. Creo que la ideología nacionalista siempre conduce a ideas muy equivocadas; el creerse importantes, o el creerse el centro del mundo. Pero esto tampoco riñe con la idea de que ciertos sitios merecen novelas que los relaten. Yo no quiero hacer una ‘exaltación del terruño’ ni una exaltación del antioqueño. Al contrario, incluso pienso que al poner a uno de los protagonistas y narradores de la novela como gay lo que hago es evitar que cierto tipo de antioqueñidad, más machista y radical, se apropie de la novela como un discurso regionalista. Los personajes no se sienten cómodos con esa identificación. Prefiero darle voz a un personaje gay y a unas protagonistas mujeres, y a una finca que sigue a pesar de las muchas dificultades de la historia social y política, y de la violencia.

La novela es de Antioquia, pero creo que en otras partes de Colombia la entienden bien. Lo antioqueño es lo que yo conozco. De lo antioqueño no tengo ni vergüenza ni orgullo. Es lo que por casualidad me tocó a mí. Yo nací ahí; así el azar tiró los dados. Creo que un escritor escribe de lo que conoce, de lo que siente, de lo que ha vivido. Sin ninguna perspectiva nacionalista, sino desde mi propia experiencia, quise escribir el libro. Es un libro, pues, muy antioqueño, pero también creo que es muy colombiano al mismo tiempo.

 

Carrera literaria

— ¿Qué lo motiva a escribir literatura?
— Gozo mucho leyendo. Como los escritores me han dado grandes felicidades y aprendizajes, pensé – creo que desde los doce o trece años –, que me gustaría dedicarme a eso mismo y darle a ciertos lectores una felicidad semejante a partir de mi propia experiencia.

Escribir es un oficio muy bonito. El oficio literario le permite a uno imaginarse la propia vida en circunstancias distintas. Creo que los lectores hacen ese mismo ejercicio, que también se salen de sí mismos a leer literatura. Ese salirse de sí mismos puede ser muy agradable y liberador. Entonces, escribo por el placer que siempre he tenido al leer, y porque también al escribir encuentro explicaciones a problemas míos, a preguntas mías. Escribiendo yo logro entenderme mejor. Es una forma de conocimiento, una forma de placer y una forma de imitar lo que me gusta.

 

— Usted es un autor ahora consolidado. Cuando piensa en el pasado, ¿qué retos encuentra más apremiantes en el inicio de una carrera literaria?
— Yo no me siento un autor consolidado. Yo creo que sigo aprendiendo. Cuando leo, trato de aprender de los grandes autores. Digamos que lo que tengo ahora es más lectores que antes y más experiencia, pero los retos son básicamente los mismos. El reto es cómo hacer para que yo, con mis límites, con lo poco que sé, logre que mis libros más o menos se parezcan en calidad, en profundidad, en interés, en diversión, en belleza, a los libros que a mí me gusta leer. Eso es lo que a mí me gustaría alcanzar. Ese es el reto de antes y el reto todavía de hoy. Que mis libros sean ojalá tan buenos como los que yo he leído y que tanto me han enseñado.

 

— Usted es hoy un autor reconocido, con una enorme visibilidad en los medios de comunicación nacionales e internacionales. ¿Cómo afecta la notoriedad pública el ejercicio de la escritura?
— Que me reconozcan en la calle solamente me pasa en Colombia y sobre todo en Medellín. Eso me quita cierta independencia, cierta libertad, cierta soledad. Pero de todas maneras un escritor nunca es como un cantante. Yo trato de vivir más o menos igual a como viviría sin esa notoriedad. A mí me parece que para un escritor es conveniente que la notoriedad no le llegue muy pronto. Cuando ésta llega muy pronto puede ser devastadora. A mí cierta notoriedad me llegó casi a los cincuenta años. Ya había experimentado muchos años de anonimato.

Y la notoriedad también tiene ventajas. Tiene uno más lectores, más posibilidades; se siente uno más seguro. Tiene cosas buenas, pero no es lo que busco ni lo que buscaba. Digamos que yo he obtenido mucho más de lo que me imaginaba y soñaba. Por ejemplo, el sólo hecho de estar en Suiza presentando un libro mío era algo que yo nunca había soñado. Digamos que se me cumple un sueño que no tuve. Pero es algo chiquito: uno tiene que ver bien las dimensiones de esa notoriedad. Esas cosas no duran mucho, no son muy importantes, son efímeras. A la mayoría de los escritores más notables de hace un siglo ya nadie los lee ni los reconoce. Hay que seguir escribiendo como si uno no tuviera ese reconocimiento; con el mismo esfuerzo y la misma dedicación que al principio. Uno debe tener cuidado en no creerse mucho el cuento de que es importante. Nadie es importante.

 

— Además de su interés literario usted es también un columnista frecuente e interesado por la actualidad política. ¿Cómo se relacionan esas dos facetas de su vida? ¿Son conflictivas? ¿Son complementarias? ¿Cómo compiten esas dos facetas por su tiempo?
— Hubo un momento, hace tres años, en el que trabajé en un programa de radio de opinión en las mañanas, y eso fue devastador. Mientras estuve ahí, participando en ese programa, generalmente de polémica política, yo no volví a escribir nada. Hay un riesgo muy grande de que el periodismo, sobre todo el periodismo de actualidad política, se chupe todas las energías de uno. En cambio, yo lo que hago – lo que hacía antes y lo que he vuelto a hacer – es tener una columna semanal de opinión en la que trato el tema que yo quiero, con entera libertad, y que puedo escribir en cualquier parte del mundo. Eso me sirve, me mantiene en contacto con la realidad. No leo los comentarios de Internet, no entro en polémicas con nadie, el hecho de ser a través de un medio escrito funciona también como filtro. Es además el oficio que durante mucho tiempo me ha dado de comer, y que me ha permitido vivir de la escritura, porque de los libros no es fácil vivir. Estoy muy agradecido con ese oficio. Sé que si uno se involucra más de la cuenta podría ser nefasto, pero digamos que al nivel en que yo lo hago, lo hago con agrado, tranquilo. Mientras lo pueda hacer así es un oficio que me gusta.

 

— ¿Cuál es su rutina semanal de trabajo?
— Yo soy muy madrugador. Me despierto sin reloj despertador entre las cinco y las seis de la mañana. Las horas más productivas para mí son las horas tempranas, más o menos entre las siete y las diez. Ahí trato de concentrarme sobre todo en trabajos literarios. Luego la concentración va decayendo hacia el mediodía. Por la tarde trabajo en temas distintos a la literatura. Y al final de la tarde y por la noche leo. Generalmente empiezo a escribir la columna de prensa los jueves, busco temas, hago un borrador, y la termino de escribir los viernes. A veces por la mañana, a veces me toma todo el día. Los otros días, con una rutina muy tranquila, escribo mis novelas.

 

Afectos artísticos

— ¿Qué autores colombianos contemporáneos lee con admiración? ¿Y qué autores no colombianos?
— En general yo creo que uno puede tener un juicio un poquito desviado por la amistad y por la enemistad con sus propios colegas. Ahí los juicios se tiñen de sentimientos muy humanos que no deberían interferir en la lectura.

Pero podría decir que leo con mucho agrado las novelas de Santiago Gamboa (1). Me gustan mucho los poemas de Piedad Bonnet. En un concurso de novela que organizo en la Universidad EAFIT, en Medellín, leo por lo menos las obras de todos los finalistas. Trato de mantenerme actualizado de lo que se está haciendo en Colombia. Pero yo diría que no soy para nada un especialista en literatura colombiana ni lo siento como un deber. Y tampoco de literatura contemporánea en general. Yo soy un lector caótico. Y no sólo me intereso por la literatura sino también por temas no literarios.

Por ejemplo, ahora estoy leyendo a un periodista catalán de principios del siglo XX; estoy leyendo un libro sobre los Viajes de invierno de Schubert; traje conmigo a Suiza un libro de crítica sobre Cervantes que me interesa mucho; en Holanda descubrí al autor Multatuli, que me tiene fascinado; para la novela que estoy escribiendo releí un libro de Chesterton... Soy un lector muy caótico y me guío por el placer.

 

— ¿Y en cuanto a la música? ¿Qué escucha con agrado?
— No soy muy de música contemporánea, sobre todo soy de música clásica. Uno de mis últimos descubrimientos es Nina Simone, luego de ver el documental What happened, Miss Simone?, que hizo Netflix sobre ella. Quedé fascinado con su vida, con su tragedia, y me he puesto a oír su música frenéticamente.

Yo creo que la música popular colombiana tiene una gran vitalidad y que nosotros tendríamos que apreciar más la música negra, la música que realmente viene de abajo. Ahí hay una vitalidad en las letras, en las melodías. Uno debería nutrirse más de lo que se ha vuelto popular. Me interesa ver ciertas canciones que tienen éxito, entender el porqué, qué hay ahí que a la gente le gusta tanto.

 

Suiza

— Háblenos de Suiza. En su cuento La Guaca, sus personajes, en un balcón de Montreux, dicen que lo que más les gusta de Suiza es la limpieza, y que lo que menos les gusta de Suiza es, también, ¡la limpieza! ¿Cuál es su impresión de Suiza como país?
— Este es un país muy especial. Un país de las montañas. Un país sin mar. Un país que empezó su camino como país de guerreros y que hoy se ha vuelto rico. Un país que ha logrado evitar guerras y mantener su neutralidad. Un país que ha logrado unir cuatro idiomas; que ha logrado la tolerancia entre sus culturas y el uso de la democracia directa.

Creo que opino parecido a los personajes de La Guaca. Lo que más me gusta de Suiza es el orden, la limpieza, el rigor, la planeación, el hecho de que muchos ni siquiera sepan cómo se llama su presidente. Pero, al mismo tiempo, pasa como con los seres humanos, en los que las virtudes y los defectos son la misma cosa. El orden en una persona es una cosa maravillosa, pero su exceso se vuelve una obsesión que es casi un defecto. Pasa lo mismo con Colombia. Los defectos de Colombia pueden ser el ruido, el desorden, la falta de planeación; ciertas cosas que producen desespero. Pero en últimas ahí están también las virtudes de Colombia: la espontaneidad, la tranquilidad, el poderse encontrar con la gente sin citas previas...

Cada país es un fenómeno particular que yo miro con interés y con curiosidad. A mí me parece que los llamados países ‘del primer mundo’ podrían aprender ciertas cosas que conservamos los países ‘del tercer mundo’, y que también nosotros podríamos aprender ciertas virtudes de acá. Sin perder cada cual su personalidad. No creo que el mundo deba ser homogéneo. Borges, en su poema sobre Suiza, Los conjurados, aspiraba a que Suiza fuera toda la Tierra. Yo creo que eso no es tan bueno. Me parece bien que haya una Suiza y que haya cosas distintas también.

 

En qué va América Latina

— Háblenos de Colombia y del proceso de paz con las FARC. ¿Es optimista frente a un futuro acuerdo y frente al postconflicto?
— De lo que se trata es de disminuir la violencia y en especial de disminuir los homicidios. Se trata de que Colombia deje de ser una anomalía en todo el hemisferio occidental. Firmar la paz no significa que vamos a resolver de la noche a la mañana todos nuestros problemas. Lo que significa es que vamos a restar víctimas, a sacar a personas de una vida en la ilegalidad, en la coerción, en el terrorismo. Lograr sacar a las personas del oficio de matar es algo bueno. Es positivo que se pierda la ‘costumbre’ de matar y de solucionar los problemas con violencia.

En el postconflicto habrá problemas nuevos, sin duda. Pero qué bueno que, reducida la violencia y los homicidios, podamos enfrentarnos a otros problemas. Menos muerte sería ya un terreno ganado. Supongamos que un acuerdo aumentara los robos, porque algunos desmovilizados no encontraran qué hacer. Pues enfrentarnos a los robos es mejor que enfrentarnos a los asesinatos.

 

— Háblenos sobre Venezuela. En los últimos meses, el drama político y social del país no ha hecho sino agudizarse. ¿Qué se puede hacer desde afuera para ayudar a Venezuela?
— Yo desde hace muchos años vengo escribiendo sobre el desastre venezolano. Hice advertencias desde el principio del gobierno de Chávez, y recibía grandes críticas de la izquierda colombiana, de la izquierda venezolana y de la izquierda europea. Les parecía que mis artículos eran de derecha. Pero yo veía muchos síntomas de que ese país se encaminaba hacia el caos.

Yo no creo que las soluciones deban venir de afuera. Vivimos en una era en la que afortunadamente la no intervención en los asuntos internos de los países es un valor internacional. Es algo que tienen que resolver los venezolanos. Naturalmente, eso no quiere decir que uno permanezca impasible o que uno no denuncie. Pero más allá de las palabras, más allá del ánimo que se le debe dar a los que luchan contra ese régimen, no creo que se deba intervenir desde fuera. Yo espero que haya un cambio de régimen. Son los venezolanos los que tienen que ver cómo lo hacen. Ojalá no lo hagan de una manera cruenta y ojalá que los que gobiernan se den más cuenta del desastre. La situación es cada día más desesperada y desesperante y creo que los venezolanos lo tienen cada vez más claro.

 

— En los últimos dos años América Latina en su conjunto ha experimentado cambios políticos notables. En Cuba normalizó las relaciones con Estados Unidos; Argentina giró hacia la centro-derecha; Brasil sufre una gran turbulencia política. De esas tendencias generales, ¿qué le agrada y qué le inquieta?

— Nunca me han gustado los gobiernos populistas. El caso argentino es bastante triste, no sólo en este último periodo: parece que hay allá un alma peronista que va y vuelve, y que no ha sido del todo buena para el país. Me inquieta que esas cosas se repitan. Venezuela, de la que ya hablamos, fue como un ejemplo para muchos países de cómo tomar un atajo para el desarrollo y la superación de la pobreza. Ese acudir a la revolución... Yo entiendo que uno por desesperación pueda pensar en eso. Pero una y otra vez se demuestra que esos atajos no conducen a nada bueno. A los países que optan más por reformas paulatinas – no por el camino de la revolución sino de la evolución – les va un poco mejor. Esto que digo es un poco pragmático, no es muy entusiasta. Esto no mueve masas. Es algo más tranquilo y más escéptico. Pero es lo que funciona menos mal.

 

— Gracias por la entrevista.

 

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→ Nota gráfica en PuntoLatino sobre la Lectura literaria (Zúrich 07.06.2016), VER ...

 


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